Iguala: un mes de tragedia y utopía en México

Derechos Humanos

26 de Octubre del 2014

Que México está podrido lo saben hasta en otros mundos, esos que según algunos nos observan por la mirilla telescópica sin que nos demos cuenta. Pero hacía tiempo que este país, tan precioso como acostumbrado al crimen diario, no sentía semejante sacudida. Ni ocupaba tantos titulares en la prensa internacional, porque las víctimas (masivas) son jóvenes e idealistas. Una sacudida que también llama la atención porque la protagoniza un enfermo aparentemente anestesiado a fuerza de dolor cotidiano. 

La desaparición de los 43 ‘normalistas’ de Iguala ha revolucionado a la ciudadanía, ha sacado gente a millares a protestar en las calles de todo el país, en busca de las respuestas que sus representantes políticos no les dan. Pueblo indignado por una cadena apestosa de errores o favores entre el poder y el crimen organizado. Un entramado mafioso al que la situación se le ha ido de las manos, ¡por esta vez! Quién sabe si terminará esto en revolución por parte de un colectivo herido, enlutado y hastiado. O en nada, como otras tantas ocasiones, pues las armas y el mando siempre los tienen los de arriba y sus amigos. O en cualquier punto de la escala de grises que va del blanco al negro. Veremos.


Una ley no escrita del periodismo, tan fría como lógica, dice algo así como que un muerto es noticia en tu ciudad o tu región; dos o tres, si pasa en tu mismo país; cuatro o cinco, si el drama ha sucedido en el país vecino; una decena, más allá; y de veinte para arriba, más lejos aún. Nos guste o no, los números sí cuentan en nuestra sociedad. Y 43 estudiantes desaparecidos durante un mes entero -por no decir ya asesinados, que es lo que todos nos tememos- son demasiados en cualquier parte del planeta: ese eco, ha alcanzado el escándalo. Porque es una cifra objetivamente alta, y porque las víctimas no eran ni narcotraficantes ni terroristas: se trataba de ¡aspirantes a maestro! Cruel ironía, porque la educación es la base del bienestar y la convivencia. 


Desde los padres y vecinos de los ‘perdidos’, que reclaman justicia, hasta la ONU. Todos miran a Iguala, epicentro de una indignación que ha saltado demasiadas fronteras –también interiores- como para no poner nerviosos a unos cuantos. Un escándalo que zarandea la metástasis de corrupción e impunidad que padece México. Ahora se habla de los vínculos del prófugo alcalde José Luis Abarca con el crimen organizado, que se conocían desde tiempo atrás pero que nadie había querido sondear. Ahora dimite el gobernador del estado de Guerrero, Ángel Aguirre, que era imposible que no supiera nada de esto: Iguala no es una aldea en las montañas, sino la tercera localidad más poblada del territorio que dirigía. Ahora intervienen el Ejército y el Gobierno de la Nación, que un mes después no aportan certezas. 


Es más, el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, parece escuchar por fin el mensaje. Acaba de ordenar públicamente que las fuerzas federales del ‘orden’ controlen los municipios donde, “de acuerdo a las investigaciones”, los indicios apuntan a que políticos y cárteles van de la mano. ¿Ahora?, nadie se lo cree de veras. Primero porque hay decenas, cientos de Igualas por todo México. Segundo, porque esto no era nuevo. Han hecho falta todo un luto nacional, manifestaciones constantes y un Ayuntamiento literalmente en llamas para que el estado se mueva. 


Y ojo, que el paso del tiempo y el crimen sin resolver puede significar dos cosas: una, que vuelvan a reinar la impunidad y el fuego colectivo se vaya aplacando; otra, que la artillería empiece a apuntar seriamente al propio Gobierno Federal. Ya hay voces que lo señalan como directamente implicado en la masacre. No ya por omisión, sino incluso por acción.


Los ‘incómodos’ de Ayotzinapa


Ser pobre es un requisito para entrar en la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, en las proximidades de Iguala. Así que el suministro de candidatos no se detiene, por mucho que las lujosas playas de Acapulco -situadas en el mismo territorio- nos hagan creer en el espejismo: es Guerrero uno de los estados más necesitados del país, y en el entorno de Iguala se concentran varias localidades con una inmensa mayoría de vecinos por debajo del listón de la pobreza. En Iguala mismo, el acceso a los servicios básicos es un objetivo (y no un logro) para más del 60% de los habitantes.


Eso de ‘Escuela Normal Rural’ significa en México que allí estudian y conviven, en régimen de internado, aspirantes a maestro de escuela. Se crearon estos centros allá por la posrevolución mexicana, 1926 en este caso, con la noble intención de formar profesores de enseñanza primaria con vistas a educar masivamente a los ciudadanos más humildes del interior. Y ahí sigue, en medio de un ambiente sumamente marcado con el comunista, con el ‘Che’ Guevara omnipresente, hasta en los muros. Algunos de los más renombrados guerrilleros mexicanos de los 70, como Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas, se educaron aquí.


“Si avanzo, sígueme. Si me detengo, empújame. Si me matan, véngame. Si te traicionó, mátame” se puede leer en el edificio principal de la escuela. Como la leyenda que preside la entrada “Ayotzinapa, cuna de la conciencia social”.


El hecho de que se formen y habiten en Ayotzinapa no significa que los ‘normalistas’ no vivan penurias. Ni que limiten su vida a las paredes de su centro educativo. Luchadores sociales de alta intensidad, siempre han reivindicado mayor financiación de sus escuelas y el final de la sociedad capitalista. Lo que, desde su puro planteamiento base de cambiar el sistema, los convierte en muy molestos para los poderosos, sean los oficiales o los clandestinos. 


La reivindicación ante el poder es parte de su acción, y también las llamadas ‘colectas’: se acercan a Iguala a pasar la hucha para financiar sus actividades, ya que recursos no les sobran. Sí, bloquean calles e incluso asaltan camiones de grandes marcas de alimentación, para comer; o secuestran (pacíficamente, según sus testimonios) autobuses para poder desplazarse. Toman a las compañías por representantes del sistema corrupto y explotador, pero insisten en que le pagan incluso al chófer, por esos servicios ‘obligatorios’ prestados.


Alguna vez sus protestas han degenerado en enorme violencia y han terminado en tragedia, como el bloqueo de la Autopista del Sol en diciembre de 2011, que concluyó en enfrentamiento con la policía estatal y dos ‘normalistas’ muertos, pero también el fallecimiento del empleado de una gasolinera que fue incendiada, aparentemente, por los estudiantes. Hay quien ve a los jóvenes –empezando por la policía- como meros y odiables vándalos demasiado consentidos. Otros los apoyan. Desde hace un mes, nadie puede dejar de solidarizarse con ellos. Salvo los culpables. 


Tras la noche del 26 de septiembre


Para resumirlo en un par de párrafos, el drama comenzó cuando, ese fatídico 26 de septiembre, en torno a un centenar de jóvenes de Ayotzinapa preparaban una colecta en Iguala. Buscaban financiar su inmediata asistencia a la marcha del aniversario de la masacre estudiantil de la Plaza de las Tres Culturas de Ciudad de México, sucedida el 2 de octubre de 1968. Unos 80 se desplazaban en varios autobuses ‘secuestrados’, justo el mismo día en que la ‘primera dama’ del municipio, María de los Ángeles Pineda, preveía un acto político en el centro. Y las autoridades temieron que los ‘normalistas’ acudieran a boicotearlo.


Los hechos subsiguientes resultaron confusos, varían algo según las fuentes, pero aproximadamente fue así: policías municipales, al parecer apoyados por civiles armados, tirotearon los autobuses, dejando un saldo de tres estudiantes caídos, otras tres personas muertas que simplemente pasaban por allí y 17 heridos. Cuentan que uno de los normalistas fue brutalmente torturado e incluso le sacaron los ojos… 


Los testimonios de los agentes interrogados apuntan a que no condujeron al resto de jóvenes a las celdas municipales, sino que entregaron los inicialmente supervivientes a nada menos que los sicarios del cártel ‘Guerreros Unidos’, asentadísimo en la ciudad y el estado, que simplemente se los llevó. Y hasta hoy. Inicialmente se habló de 58 desaparecidos; han terminado siendo 43, cifra ya casi macabra. Los demás estaban ocultos por miedo a la represión, y fueron apareciendo. 


¿Quiénes son los criminales?


La policía y los criminales tiroteando autobuses de la manita. ¿Nos hemos vuelto locos? No, es que son los mismos… Empezando así, el resto de la ¿ineptitud o inacción? oficial extraña poco. 22 agentes son detenidos como presuntos autores de los disparos, y el 30 de septiembre, el alcalde José Luis Abarca pide un paréntesis temporal en sus funciones, por “no entorpecer las investigaciones”. Y se esfuma junto con su mujer y el jefe policial del municipio; hasta hoy, también. ¡Cuatro días después de la desaparición masiva y no tenían ninguna vigilancia encima! Se llevó, cómo no, los papeles más comprometedores. 


Pasan los días, los padres y vecinos de los ‘ayotzinapos’ acuden a la escuela y empiezan las concentraciones de protesta reclamando la vuelta de sus hijos. Primero son allí, después se extienden a todo Guerrero y todo el país, con toma simbólica de ayuntamientos por parte de maestros disidentes, y quema reciente del de Iguala. Un detalle significativo del contexto: en pleno monte, son halladas varias fosas comunes con 28 cadáveres quemados; pero, a falta de pruebas finales, parece que no son los de los ‘normalistas’. ¡28 muertos anónimos, que nadie reclamó! ¡Y que aparecen colateralmente, por motivo de otro crimen!


Desde hace semanas ya, presionado el Gobierno central por la ola multitudinaria de protestas, centenares de agentes estatales y federales buscan a los desaparecidos –también a los políticos ‘evaporados’-, y no han encontrado nada. Curiosamente o no, se ha detenido estos días a Sidronio Casarrubias, cabecilla de Guerreros Unidos; pero no hay más avances. Los padres no confían realmente en ninguna autoridad, pero no tienen más remedio que soñar con que no sean parte del pastel y les ayuden de verdad a encontrar a sus hijos. Porque crecen las voces ¿conspiranoicas? que apuntan a las propias fuerzas nacionales como los auténticos asesinos, inventores de la historia oficial difundida por todo el orbe para tapar su operación de castigo a los rebeldes marxistas… El autor intelectual de los hechos es, por ahora, Abarca.


Lo peor es que tampoco extrañaría. Solo como ejemplo, el 30 de junio, en Tlatlaya (estado de México, no lejos de Iguala), se dio otra masacre menos publicitada: 22 presuntos miembros del cártel de Guerreros Unidos fallecieron en un supuesto tiroteo con el Ejército. Solo que, según testimonios posteriores de supervivientes, el intercambio de disparos se habría detenido antes del grueso de las muertes. Porque los criminales se habrían rendido, y posteriormente el Ejército los habría rematado, alterando el escenario para que pareciera un combate. En cualquier caso, ya resulta sospechoso el insólito 22-0 en muertos en un intercambio de balazos… 


Oda a la ‘narcopolítica’


Pero, ¿cómo ha sido posible todo esto?, nos preguntamos, no ya en México, sino en todo el globo terráqueo. Pues por lo que también todos intuimos, y que en el país americano unos se atreven a decir más alto que otros: a grandes rasgos, criminales y oficiales son exactamente la misma cosa demasiado a menudo, no solo en puntos concretos del mapa. La mugre fluye alegre por muchos de los canales internos de la ‘oficialidad’. 


Ahora que no se sabe por dónde anda, ha saltado a la palestra quién es el alcalde Abarca y por qué está ahí. Su tradición política era nula hasta los últimos años. Empezó desde abajo, como pequeño comerciante de sombrerería, y creció como empresario joyero. Tuvo a bien Abarca contraer matrimonio con María de los Ángeles Pineda, varios de cuyos hermanos –atención- formaban parte del brutal cártel de los Beltrán Leyva. Éste terminó desapareciendo por luchas internas, y una de sus escisiones es el citado grupo Guerreros Unidos, activo en el estado y otros limítrofes. Se disputa con otras escisiones, como ‘Los Rojos’, el control del tráfico de drogas en esta zona, clave para el suministro del superpoblado y cercano Distrito Federal.


Blanco y en botella, salvo para los que prefieren mirar cómo pasan las nubes, quizá porque son parte del mismo engranaje. El esquema es fácil y repetido en más lugares: los ‘narcos’, a los que Abarca tiene acceso de primera mano, financian a los políticos a cambio de situar a sus propios sicarios en las instituciones, vistiendo incluso el uniforme policial. Abarca, a su vez, contribuyó a la campaña electoral de su amigo Ángel Aguirre (del teóricamente izquierdista Partido de la Revolución Democrática, el PRD), hasta anteayer gobernador estatal de Guerrero. Y éste le facilita a Abarca que se presente por el PRD a las elecciones municipales de 2012, en las que triunfa. 


Y de ahí sigue el gobierno impune de la dupla Abarca-Pineda, poco distinguible de la mano de los Guerreros Unidos: la ‘narcopolítica’, en estado puro. Varios miembros de la opositora Unidad Popular de Iguala fueron secuestrados a mediados de 2013, y algunos directamente asesinados. Uno de los supervivientes cuenta que fue el mismísimo primer edil quien apretó el gatillo en algún caso, pero por supuesto queda en el aire. No hay investigación, no hay conclusiones, es ‘uno de los nuestros’, o sea de los suyos. ¿Aguirre?, bien, gracias. ¿Y el Gobierno Federal? Con otros problemas, se ve. Ahora Aguirre se ha hecho por fin a un lado, ante semanas de protestas constantes de la ciudadanía despertada, que pedía su cabeza como responsable último. Para no complicar aún más las cosas, dice él. Último, ¿o penúltimo?


Sueños de mejora


Y en ese clima de violencia, abusos y desapariciones –muy anteriores a la de los ‘normalistas’- ha vivido la población de Iguala y de Guerrero en general en las últimas décadas. Asfixiada por la alta pobreza y el mayor índice de asesinatos (29 homicidios voluntarios por cada mil habitantes) de un país no precisamente pacífico. Un país que lleva decenas de miles de muertos desde que el ex presidente Felipe Calderón encabezara la cruzada llamada ‘Guerra contra el Narcotráfico’ –a finales de 2006-, lo que según su antecesor Vicente Fox no sirvió para nada, salvo para “agitar el avispero”. 


Desde entonces, y aunque no haya cifras precisas de muertos –pero se habla ya de cerca de 100.000- , se calcula que hay más fallecidos violentos en México que en la guerra de Afganistán (2001-hoy) o en toda la historia del conflicto Palestina-Israel (1947-hoy). Ahí es nada. Con el nuevo Ejecutivo de Enrique Peña Nieto, la táctica ha sido más de silenciar el terrible caos imperante en tierras mexicanas y dar una imagen de modernidad y sonrisa al turista, aunque los grupos mafiosos sean los verdaderos dominadores de buena parte del país. Pero claro, la realidad es a veces variopinta e incontrolable, hasta para los que teóricamente la controlan. Y el ‘caso Iguala’ le ha estallado en la cara al presidente, que tampoco hizo nada antes para poner coto a los caciques.


Lo peor de todo: que Abarca e Iguala solo son ejemplos. Simplemente, los ‘malos’ calcularon mal las consecuencias, y por eso se ha armado el escándalo ahí y ahora. Si no fuera por tal error, todo seguiría igual, de forma más o menos soterrada. Dicen los teóricos que toda crisis es una ocasión, y quizá esta barbaridad prenda en la castigadísima ciudadanía común, quizá se libere del lógico miedo a las mafias imperantes y consiga algo. Si no todo, al menos algo.  


‘Vivos se los llevaron, vivos los queremos’, es el lema máximo de los movimientos para tratar de recuperar a los 43 ‘normalistas’. Por lo que se va conociendo, parece un sueño más que una posibilidad real, pero ¿tendrá el crimen una vertiente positiva, servirá para un verdadero cambio a gran escala? La utopía tiende a ser una bella distante.



Los ingrávidos (Los Muertos, María Rivera)


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Escrito por César Ferrero Neira


Foto de Uriel Lopez (#UnaLuzPorAyotzinapa)


https://www.flickr.com/photos/uriel_lopez/14992751294/in/photostream/

Comentarios

Actores e ilustradores recuerdan a normalistas desaparecidos de Ayotzinapa

La desaparición de los 43 estudiantes de la escuela rural de Ayotzinapa representó para muchos artistas mexicanos un punto inescapable en el trabajo y la expresión estética. Así, bajo #Ilustradores con Ayotzinapa, se han compartido varios retratos hechos por ilustradores y artistas gráficos que han sido compartidos ampliamente en la blogósfera de América Latina.

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Es el décimo cuarto país más extenso del mundo, con una superficie cercana a los 2 millones de km². Es el undécimo país más poblado del mundo, con una población que a mediados de 2013 ronda los 118 millones de personas, la mayoría de las cuales tienen como lengua materna el español, al que el estado reconoce como lengua nacional junto a 67 lenguas indígenas propias de la nación.

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