La montaña de las cometas

Países en Conflicto

14 de Marzo del 2012

El cielo de Kabul no es azul… ni si quiera naranja cuando el sol comienza a desaparecer detrás de Mountain TV y los últimos rayos tachonan el firmamento con detalles de fuego. El cielo de Kabul es multicolor. El cielo de Kabul es del mismo color que el de las cometas que vuelan libres y risueñas… Azul, amarillo, rojo, verde, negro, morado, naranja, blanco… el cielo de Kabul es diferente.

“Es una especie de lucha… Una guerra. El objetivo es cortar el cable que va atado en la cometa del enemigo”, afirma Alí, un joven afgano que acude, cada viernes a la colina donde se encuentran los restos mortales de Tapae Nadir Shah, antiguo rey afgano. “¡He perdido!”, se lamenta Alí llevándose el dedo ensangrentado a los labios. “Te lo dije, es como la guerra y la guerra deja cicatrices”, añade mostrando sus manos llenas de cortes y callos debido a la fiereza de la cuerda con la que manejan las cometas.


Esta colina se ha convertido, cada viernes, en el centro de reunión de cientos de afganos que acuden a celebrar la Yuma (su día Santo) junto con la familia. “Viene muchísima gente todos los viernes hasta aquí, es el lugar del picnic… Después de comer los niños y los mayores se ponen a jugar con las cometas”, señala Fawad. Los afganos han encontrado en este lugar una pequeña burbuja donde olvidar la voracidad de la guerra… pero incluso aquí aún continúa presente. A lo lejos la mastodóntica figura del edificio situado en Charahi Abdul Haq, donde un comando talibán mantuvo en vilo al corazón de Kabul el pasado martes, rasga el paisaje… pero los afganos han sabido acostumbrarse a tanta muerte y miseria y la han aceptado como una parte más de su cultura.


Una película de polvo, levantada por la docena de caballos que corren a lo largo del solar, le da al lugar un toque de encanto. “Si alguien quiere puede montar en el caballo por un euro”, afirma uno de los caballistas mientras tensa las bridas del corcel para que haga un escorzo… Pero las estrellas son las cometas. “Cuestan 10 afghanis (menos de 15 céntimos de euro); pero luego tienes algunas más caras; el hilo se vende aparte y un carrete puede costar hasta 500 afghanis (unos 8 euros)”, comenta Abdul Nisar mientras saca una de las cometas de la bolsa y se la vende a un niño que, con una enorme sonrisa, corre junto a su padre para comenzar una nueva batalla.


En el suelo se pueden ver los restos de los combates. Madejas de hilo o restos destrozados de lo que antes fue una preciosa cometa están esparcidos por el suelo… Pero no todos los afganos han venido a jugar con las cometas… otros se han acercado para cogerlas al vuelo. Abdel Kadir, un muchacho de unos 12 años, es un buscador. “Cuando se corta el cable de la cometa corremos detrás de ella para quedárnosla de recuerdo”, afirma orgulloso mostrando sus cinco piezas. Hay sido un buen día para este muchacho… “Algunos, como son bajitos, traen enormes palos de madera para poder cogerlas antes de que toquen el suelo”, sentencia.


La tarde comienza a tintar Kabul pero los pájaros de papel machécontinúan revoloteando por la ciudad de la guerra eterna. En lo alto de esta colina los ancestros de miles de afganos descansan para toda la eternidad… mientras, sobre sus tumbas, los más pequeños corren detrás de nuevas cometas que han perdido en esta peculiar guerra aérea.


Risas. Caras risueñas. Felicidad… Nadie diría, viendo a los afganos, que llevan 30 años de guerra ininterrumpida. Muchos de los muchachos que están hoy aquí no han conocido otra cosa que no sea una violencia endémica que se ha instalado en Afganistán y no tiene intención de marcharse. Somos los únicos extranjeros que hemos venido hasta aquí y eso no deja de levantar expectación y sorpresa entre los aquí reunidos. “¿Nos tienes miedo?”, preguntan a bocajarro. ¿No, por qué debería tenerlo?, les respondo aún sorprendido. “No sé, en diez años eres de los pocos extranjeros que se han acercado hasta aquí”, responde. “Los extranjeros piensas que todos los afganos somos talibanes. Están metiditos en sus bases con los chalecos y los casos y se mueven por la ciudad en vehículos blindados. Luego dicen que vienen a ayudarnos… pues yo nunca he visto a ninguno que se haya acercado y me haya preguntado qué necesito”, se queja amargamente  Fahim mientras a su derecha su amigo Ramatullah añade “no vamos a secuestrarles… pueden vernir aquí a estar con nosotros”.


La única presencia extranjera en esta colina son las cometas con las caras de George W. Bush y Barack Obama ; las presas más codiciadas entre los cazadores de cometas… Es triste comprobar como Fahim y Ramatullah tienen razón y los extranjeros no se juntan con los afganos…  ¿Si no tienen trato con ellos? ¿Si no hablan con ellos? ¿Cómo demonios les van a ayudar? Me gustaría que me respondieran a esa pregunta… pero no he encontrado a ninguno…


“Este es el lugar más bonito de la ciudad. Si no hay mucha polución puedes ver incluso el Hindu Kush. Aquí se respira felicidad”, añade Romal Salek… Lugares como este son pequeños regalos capaces de olvidar la violencia que acecha en cada esquina de esta bulliciosa ciudad. Kabul… Su cielo… Sus cometas… Su gente… Bien vale una crónica.




Artículo original de Antonio Pampliega para su blog en Revista Tiempo:


http://blogs.tiempodehoy.com/objetivoafganistan/2011/09/19/la-montana-de-las-cometas/

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Un día normal

En esta vida, para todo, hay una primera vez. El primer beso. La primera caricia. El primer artículo publicado. El primer viaje Para aquellos que viajamos a zonas de conflicto hay una primera vez que nunca queremos que llegue. La tememos porque no sabemos sí seremos capaces de soportarla Al menos ese ha sido mi caso.

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Afganistán es el país más peligroso donde pueda vivir una mujer si se toman en cuenta los factores salud, violencia sexual y no sexual, violencia doméstica y discriminación económica.

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"Afganistán es el país más peligroso donde pueda vivir una mujer si se toman en cuenta los factores salud, violencia sexual y no sexual, violencia doméstica y discriminación económica."