Los freelance frente al mercado

Periodismo

03 de Febrero del 2014

No se me ocurre mejor manera de arrancar esta nueva etapa que con el prólogo del libro, firmado por Unai Aranzadi. Toda una declaración de principios. Espero que os guste:

Reporteros, corresponsales, enviados especiales o periodistas. Con micrófonos, bolígrafos o cámaras. Los adjetivos y las herramientas, importan poco. Somos lo que hacemos, y lo nuestro es contar historias. Historias basadas en lo que comprendemos como real, como importante de contar. Sí, somos expertos en localizar los vuelos mas baratos, en dormir al raso, en ir cuando no se debe, y volver cuando nadie quiere. No es por dinero, sí puede ser por algún tipo de popularidad, en el mejor de los casos, de esa que nos permite relatar y difundir ampliamente lo documentado. Por eso hemos de ser responsables, tras ir y regresar para contar. La realidad de quien sufre no debe ser un mero producto, entretenimiento o un instrumento narcisista con el que medrar. Pero, ¿sólo la fidelidad a nuestra conciencia, el trabajo bien hecho y las ganas de contar nos garantizarán poder publicar un reportaje con facilidad?. Lamentablemente, no. Los periodistas dependemos de un mercado, mercado que determina qué es noticiable y que no lo es, y la práctica totalidad de este no se formuló en base a criterios humanistas, sino económicos, pues son empresas concebidas para el lucro, no herramientas para precipitar ese cambio que quienes escuchamos a los pueblos, comprendemos necesario.


Seguimos informando” trata precisamente de eso, de explicar porque hacemos nuestro trabajo, de cómo lo hacemos, y de sacar a la luz pública esa desigual relación entre realidades que urgen ser contadas, reportero que aspira a contarlas y medio con ambición lucrativa y escasa función social. A todo ello, en este momento, se le añade un factor más, el de la crisis económica mundial. Si siempre ha sido difícil colar en las redacciones esas guerras e injusticias olvidadas así como aquellas historias cercanas que explican el mundo en el que vivimos, hoy, los freelance (reporteros autónomos), nos encontramos en un momento aún más hostil, en el que conseguir publicar, conseguir publicar y vivir de ello y conseguir publicar, vivir de ello y no ceder a los parámetros del mercado, se ha convertido en una quimera prácticamente imposible de alcanzar. Por tanto, aunque incómoda, la pregunta es tan lógica como ineludible: ¿Cómo vamos a hablar de periodismo sin definir el marco mediático en el que nos expresamos?.


 El panorama del negocio comunicativo al que los -ya no tan jóvenes- periodistas freelance nos hemos enfrentado desde antes de la bancarrota actual, era abusivo y desafiantemente contradictorio. Los mismos diarios que te malpagaban traían en sus páginas artículos que narraban todos los beneficios que su corporación mediática amasaba. Las mismas televisiones que abonaban fortunas a estrellas del hampa, querían una pieza “de hambruna africana” para informativos a cambio de apenas nada. Los diarios poderosos, no contentos con establecer una relación de explotación con todos los colaboradores que les abastecíamos de rentables reportajes, artículos y entrevistas, crearon maestrías a precios millonarios, en las que los alumnos pagaban por asegurarse una plaza en la que no cobraban, es decir, pagaban para trabajar en auténticas galeras de becarios, de las cuales, por cierto, las asociaciones de periodistas españolas jamás dijeron nada. En momentos de desdicha, llámesele terapia,  varios compañeros nos reuníamos para terminar siempre coincidiendo en un mismo principio. Nuestras quejas laborales, ayer como hoy, estaban mucho mas apegadas a la dignidad profesional que al dinero. Que no te firmasen una nota, que no te respondiesen a un correo, que te editasen sin avisarte o que te publicasen rompiendo algún acuerdo, eran -y son- costumbres muy arraigadas, que tocan la moral de ese reportero autónomo que gasta sus últimos ahorros en un nuevo tema aún sabiendo que ello redundará severamente en su precariedad laboral. Luego, tras conseguir publicar y sobrevivir un mes más, veíamos a los mismos personajes que explotaban a los freelance, en organizaciones y actos en favor de los reporteros y su libertad. Ryszard Kapuściński dijo que “los cínicos no sirven para este oficio”, aunque olvidó señalar, que como no sirven, son los que lo determina desde las grises redacciones, desde la burocracia de las asociaciones o desde la mas estrecha academia en las que como fariseos, exigen a otros lo que ellos jamás podrían lograr.


Frente a este stablishment mediático, los reporteros que protagonizan este libro informan desde el mercado o desde emergentes vías alternativas, pero siempre tratando de hacerlo con la máxima libertad, y por ello, por defender las buenas prácticas que se debieran dar, a los mas conscientes no les da pudor ni miedo recordar cuando a su trabajo se le ha tratado mal. A mí, como a algunos de ellos, me vienen a la cabeza situaciones similares y aún peores, que son las que se dan cuando con temas extremadamente trascendentales manipulan nuestro pedazo de realidad. De este modo, en marzo del 2003, Ernesto Sáenz de Buruaga (compañero de paddle de José María Aznar) abrió los informativos de Antena 3 TV con mis imágenes de la insurgencia de Ansar Al islam, a la que el presidente Aznar hizo alusión -por primera vez en su vida- minutos mas tarde en el congreso para justificar la invasión de Irak. De igual manera, la TVE del PSOE me compró un reportaje para contener lo que se vería de las tropas españolas y un comandante talibán, o en un plano mas personal (de esas experiencias que hacen que se te caigan los mitos del pedestal) podría recordar junio del 2006, cuando desembarqué a Londres después de cubrir la guerra en Somalia para BBC y estando en el flamante estudio de Newsnight con Jeremy Paxman vi como mentían al poner como autor de mi documental a una estrella del canal. Sí, cuantas veces la mejor de nuestras intenciones y el mayor de nuestros sacrificios, fueron manipulados por los medios apegados a los intereses espurios que poco tienen que ver con el deber de informar. Por eso cobra gran importancia que varios de los autores entrevistados por Xabier Iglesias lo denuncien sin miedo a las represalias que consejeros o editores puedan tomar, pues es responsabilidad nuestra evitar normalizar lo anormal, así como reivindicar que la mejor forma de honrar al oficio, es siendo fieles a la verdad, recordando a nuestros lectores que nuestra inseguridad laboral incide notablemente en la calidad de la información, y que también, las manipulaciones que de nuestro trabajo a veces hacen ciertos editores, pueden contribuir a generar situaciones de injusticia política y social.


 Sin embargo, toca tener criterio, pues contrariamente a los que muchos consumidores de noticias puedan llegar a pensar, el simple hecho de embarrarnos las botas para contar historias sobre los mas desfavorecidos, no es sinónimo de calidad humana, ni de ser una persona elogiable o alguien a quien admirar. Esa asociación (que es peligrosamente común) es de una ingenuidad totalLa historia del periodismo, íntimamente ligada -sino producto- del mundo político, nos demuestra que desde que esta profesión existe, prácticamente todo líder, espía, empresario o amante del Poder en definitiva,  se ha aprovechado, con fines no siempre nobles, del oficio de informar. Winston Churchill fue un heroico reportero de guerra que acabó pidiendo gasear a los kurdos, George Orwell pasó de periodista libertario a delator para el Imperio británico, y hoy mismo, sin ir mas lejos, publico un reportaje de investigación sobre Colombia, en el que el “analista de Internacional” y adjunto al director de un importante diario español, hace parte de una familia propietaria de una multinacional con negocios en el país desde el que él, nos suele “informar”. Hipócritamente, las elites de esta profesión -que entienden como neutral ser neoliberal- dicen que no se deben reflejar tendencias políticas en nuestros reportajes, pero normalmente quien más defiende esta tesis trabaja o colabora en medios de forma fija, y nada podría ser mas político que deberle fidelidad a una sola forma de mirar. Además, escribir (que es interpretar) sobre guerras, crisis o injusticias y decir que uno no hace política es sencillamente una contradicción. El escritor y periodista, Mario Camus, quien definiría como fundamentos del periodismo libre la lucidez y la desobediencia, coincidía con Kapuscinski y sus predecesores (Reed y London, aquellos a quien luego copiaron todos) al afirmar que el periodismo con mayúsculas es aquel que se propone transformar lo injusto y hacer crecer a la sociedad. Aquel que además de datos, hechos y declaraciones, sugiere ir a más. No, no deseamos ser dóciles loros que repetimos lo escuchado, tampoco mirones de la miseria o un mecanismo más en la cadena de desigualdad.Y precisamente, porque conocemos de primera mano que los medios no están por poner junto a anuncios de lujo los reportajes sobre la desesperación del mundo que recorremos, los freelance sabemos que una cosa es el periodismo, y otras cosa, es la prensa, y que la prensa grande no tiene porque ser la gran prensa, por eso, nos rebelamos y recordamos a editores y sociedad, que lo importante no son los medios, sino los contenidos, es decir, lo que se publica, y no dónde se publica. Hundidas ya muchas de esos medios hegemónicos con capacidad por pagar temas de Internacional, esos que aún siendo de muy pocos se dicen “opinión pública”, darán los últimos estertores y con suerte se transformarán, pero el periodismo liberador, aquel que es revolucionario, porque nos hace ser mejores, no desaparecerá jamás, pues su fin, nunca fue este decadente mercado.


La prensa ha muerto. ¡Viva el periodismo!.

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