Millones de vidas inexistentes

Derechos Humanos

23 de Febrero del 2012

Cada vez que utiliza su carné de identidad, a Zhang Shufang le embarga una profunda tristeza. Porque su falsa existencia oficial se la debe a una tragedia familiar.

A pesar de que sus rasgos están inequívocamente impresos en la fotografía del documento, este no le pertenece. Y, aunque se haya apropiado de él, Shufang tampoco es su nombre. El suyo es uno de los miles de casos, probablemente millones, de chinos cuyo nacimiento, por diferentes razones, no se registró. Razón por la cual han sido condenados a vivir en la invisibilidad, a la sombra de una Administración que desconoce su existencia. Que los niños no sean registrados es común en China, en India o en Tailandia, con graves repercusiones en su acceso a la salud y la educación, en la defensa de sus derechos, en su capacidad de casarse o de votar. El planeta va a cumplir oficialmente a fin de mes los 7.000 millones de habitantes, según la ONU, pero la realidad puede haber desbordado ya esa cifra contando a los indocumentados.


Shufang ha tenido suerte. Sus padres querían un varón. Después de haber alumbrado una hija tres años antes, consideraron que merecía la pena plantar cara a la ley del hijo único para buscar un descendiente que diera continuidad al linaje de los Zhang. La naturaleza, sin embargo, les dio otra niña.


La madre pensó matarla apenas nacida, pero cuando la sostuvo en sus brazos no tuvo valor. "Me lo contó mi abuela cuando cumplí los 14", recuerda 10 años después esta joven, natural de un poblado en la provincia central de Henan. Ahora, tras acabar la universidad, su futuro es prometedor, pero debe todo a la muerte de una prima.


Los padres, como muchos otros, no registraron su nacimiento. "Pensaron que no merecía la pena pagar la multa y arriesgar el trabajo de mi padre -funcionario- por otra chica. Había familias a las que también habían desahuciado como castigo por tener un segundo hijo, porque las casas son del Gobierno", comenta impasible Zhang. "Se decidieron a criarme hasta que pudiesen venderme como esposa. Muchos otros así lo han hecho". Pero, entonces, la hija de su tío paterno murió. "No sé cómo, solo sé que le pagaron a mi tío para que no certificase su fallecimiento". Así, Zhang Ran, que es como la conocen todavía sus familiares y amigos, se convirtió en su prima, Zhang Shufang, dos años menor.


Este hecho le permitió acceder a la escuela, aunque fuese más tarde de lo que requería su edad, y a los pocos servicios sociales que ofrece China. Pero, sobre todo, le ha permitido escapar del pueblo y encontrar un trabajo respetable en una subsidiaria de China Telecom. "Otras han desaparecido. Las han vendido como esposas", cuenta.


A efectos legales no existen y en los pueblos las preguntas incómodas siempre se pueden responder con un fajo de billetes. "Alguna familia ha decidido comprar la identidad de alguna muerta si la hija es muy guapa o inteligente, pero es casi tan caro como pagar la multa".


Lógicamente, no existen estadísticas sobre cuántas personas viven sin identidad propia. Pekín no habla de ello. Y las estimaciones sobre su número varían enormemente: los más optimistas hablan de decenas de miles, otros apuntan a millones. "Afortunadamente, la situación está cambiando", asegura Xu Anqi, sociólogo de la Universidad de Fudan, en Shanghái. "Aunque prevalece todavía la preferencia de un descendiente varón, cada vez son más las familias que ven con buenos ojos una hija. Sobre todo en las zonas rurales, de donde muchas jóvenes parten hacia la ciudad en busca de algún puesto de trabajo en fábricas de todos los sectores. Los industriales prefieren mujeres para trabajos en líneas de montaje, porque son más eficientes y dúctiles, y por esa razón, también, suelen enviar más dinero a casa", explica Xu.


Entre la población joven que ha accedido a un nuevo estilo de vida, más cercano al occidental, cada vez es más frecuente casarse tarde y tener hijos hacia el final de la veintena o a principios de la treintena. "Y muchos no querrían tener más de uno aunque se lo permitiera la ley. En estos casos se prefiere una hija por un factor nuevo: el hijo, para que consiga con quien casarse, necesitará estar en posesión de una vivienda, generalmente pagada por los padres, un lastre que ellas no comparten", analiza el sociólogo.


Por último, "quienes deciden tener más de un hijo en la ciudad pueden, y están dispuestos a pagar la multa que ello conlleva". En el mundo globalizado pocos quieren que sus hijos vivan en el mundo paralelo de los indocumentados. "Sucede todavía en el campo, pero el aumento de la productividad de las técnicas agrícolas y la consiguiente reducción de la necesidad de mano de obra, terminará acabando con este hecho", concluye el especialista de la Universidad de Fudan.


La situación en China tiene poco que ver con la vecina India, donde el desarrollo económico todavía solo alcanza a una pequeña élite y quienes nacen en la sombra son legión. Y no parece que ninguno de los censos que han llevado a cabo ambos gigantes este año haya servido para sacarlos a la luz. "Es imposible controlar a toda la población. Fuera de los hospitales nacen niños continuamente y muy pocos se toman la molestia de inscribirlos", asegura Dipak Biswas, director de la ONG india PBKOJP, que en Calcuta forma a 60 niños en improvisadas guarderías situadas en las barriadas más desfavorecidas. "Solo siete tienen partida de nacimiento".


Biswas apunta a controvertidos informes realizados por otras organizaciones, en los que se afirma que hasta el 70% de los nacimientos de regiones como Rajastán no son registrados, para afirmar que "India ya ha superado a China en población". Según cifras oficiales, en los últimos 10 años el elefante asiático ha sumado 150 millones de habitantes, una cifra que palidece frente a los 800 millones que ha ganado desde la independencia, en 1947. "Si tuviésemos en cuenta a todos los que no cuentan para el Gobierno, creo que estaríamos rozando ahora mismo los 1.500 millones. Pero nadie lo sabe".


Los padres de Rajira, una niña de seis años que está aprendiendo a leer en la guardería de PBKOJP, reconocen que ninguno de sus seis retoños es conocido en ninguna oficina de la Administración. "Vivimos aquí de forma ilegal, no nos fiamos del Gobierno y registrarlos solo nos traería problemas", asegura el padre mientras repara el tablón que trata de impedir, con poco éxito, que las lluvias del monzón aneguen la chabola en la que vive esta familia de emigrantes rurales procedentes de Gujarat. "Allí los pobres tampoco suelen registrar a los hijos. ¿Para qué? Del Gobierno no van a recibir nada", dice Biswas.


Apátridas en su propia tierra


 


La posesión más preciada de Arphae no es ninguna pieza de joyería ni gadget tecnológico alguno. Lo que esta joven de la etnia akha guarda con mayor cuidado en su casa de bambú y madera es el documento nacional de identidad. Aunque este año ha alcanzado la mayoría de edad, solo hace uno que nació a efectos legales. Hasta entonces no existía. Su madre dio a luz en la frondosa jungla de Chiang Rai, la provincia más septentrional de Tailandia, a decenas de kilómetros del centro sanitario más cercano, y sus padres nunca se molestaron en notificar su llegada al mundo.


"Es algo habitual entre las minorías étnicas", asegura Moo Chit, directora de la Fundación Mirror, la organización que ayudó a Arphae a conseguir la nacionalidad tailandesa. "Sin ella es considerada una apátrida, se restringe su libertad de movimiento, no tiene acceso a ningún tipo de subvención sanitaria o de formación y tampoco puede casarse o votar". Esto último lo hizo el pasado 3 de julio. "Voté por Shinawatra y es maravilloso poder elegir", dice con una sonrisa. Pero casi 50.000 personas no pueden decir lo mismo, ya que viven indocumentadas. Y no porque todos hayan evitado el registro.


Desde 1992, el Código Civil de Tailandia no otorga la nacionalidad por nacimiento. Así, miles de hijos de refugiados y de emigrantes birmanos nacen ilegales. El reino asiático no los reconoce como tailandeses y Myanmar tampoco se hace cargo. No son de ninguna parte. Entre dos y tres millones de birmanos trabajan de forma irregular en Tailandia. "El caso de Arphae fue duro, pero pudimos probar que su familia es tailandesa y, finalmente, lo ganamos. Pero para los hijos de los birmanos no hay nada que hacer. Ahora, por lo menos, se garantiza su educación primaria".


Lo sabe bien Rojana. Nació hace 16 años en un pequeño pueblo de la provincia de Chiang Rai. Sus padres son emigrantes birmanos empleados de forma irregular en la construcción y en el servicio doméstico. Aunque la madre dio a luz en un hospital y la partida de nacimiento está clara, Rojana no pertenece a ninguna parte. Un documento de identidad certifica su existencia y le permite acudir a clase en una escuela que desafía las normas y acepta a niños que no tienen tanta suerte como ella y que viven indocumentados (por esta razón, el centro no quiere que se mencione su nombre o localización).


Rojana sí entra en las estadísticas, pero su libertad de movimiento está completamente cercenada. "Solo puedo moverme por el pueblo y por los alrededores. Si salgo, la Policía puede detenerme en cualquier momento y hay jóvenes de las que han abusado. Además, siempre las amenazan con repatriarlas". Pero Natthaphon Singtuan, responsable del programa de apátridas de Mirror, asegura que son meras amenazas para conseguir favores sexuales o dinero. "No pueden repatriar a quien no tiene nacionalidad. Myanmar nunca aceptaría a alguien como Rojana, porque no hay constancia alguna de que sea birmana".


El problema radica en la falta de formación. "Hasta que la ley que regula la nacionalidad no cambie, algo que es difícil que se dé por la presión popular existente para mantener a los birmanos fuera del país, poco se puede hacer. Pero algunos derechos sí que amparan a gente como Rojana y conocerlos es su única arma contra los abusos", explica Singtuan.


No todos los apátridas tailandeses pertenecen a minorías étnicas o tienen su origen en la antigua Birmania. Hay pequeños grupos procedentes de China y de Bangladesh. "A pesar de haberse asimilado por completo, viven en un mundo paralelo que nadie reconoce y al que el Gobierno da la espalda. Es, sin duda, un problema que puede resultar en futuros roces que amenazan la estabilidad social, porque el número de apátridas va en aumento y cada vez exigen más derechos".


 


Reportaje original de Zigor Aldama para el País:


http://sociedad.elpais.com/sociedad/2011/12/09/vidayartes/1323445716_745521.html


 

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La República Popular China o simplemente China, es un Estado soberano situado en Asia Oriental. Es el país más poblado del mundo, con más de mil trescientos millones de habitantes.

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