Una joya para Sabeedo

Países en Conflicto

17 de Febrero del 2012

“Estamos agotados. Lo poco que teníamos lo empeñamos en comprar algo de comida para el viaje. No nos queda nada, no hemos traído nada, no echaremos nada en falta. En Somalia no hay nada que echar en falta”, relata ronco y realmente exhausto Mohamed Adbekarim, de 57 años, en el centro de recepción de refugiados del Dagahaley. Acaba de llegar esa misma mañana desde la frontera.

Mohamed y su familia llevan cansada hasta la ropa. La camisa de Mohamed está consumida, descolorida y gastada por la fricción. Sus cuatro hijas y su mujer, Yadiya Mahadi de 37 años, llevan las ropitas que asoman bajo su khimar hechas jirones. Sus cabellos –lo que enseñan- están rebozados en arena, los rizos duros como esparto. Las costuras de la ropa y las de su cuerpo (las arrugas y los pliegos de la piel, reseca y tirante) están subrayadas por el polvo naranja que los cubre de arriba abajo y se incrusta en cada rendija, marcando sus gestos, haciendo sus expresiones más severas. Más dramáticas.


Los pies los llevan tan enarenados, tan sucios de polvo, que el contraste de color entre sus piernas y sus rostros hace imaginar que pertenecen a personas diferentes. Quizás ellos sienten sus extremidades tan ajenas como yo me las imagino: han caminado durante 30 días desde un pueblacho llamado Belrajma que no aparece en los mapas, cerca de Yaman en el Bajo Yuba, en Somalia.


Es la polvareda acumulada tras un mes de caminata. Estoy tan impresionado que le pido a mi traductor que por favor repregunte si han sido 13 o 30 días. “Treinta, treinta”, contesta. Durante la semana que estuve en Dadaab conocí refugiados que habían caminado 15 días, algunos 23, y llegaban en unas condiciones pésimas. Pies encallecidos, la piel levantada, ensangrentada y las postillas encostradas por la arena y una delgadez extrema. Sin embargo, este hombre y su familia, a pesar de todo, tenían bastante buen aspecto. Y lo más épico, habían conseguido permanecer toda la familia unida sin percances.


Mohamed es –o era en Somalia, cuando había lluvia y su ganado seguía vivo- pastor nómada, de etnia bantú, conocía bien los caminos y decidió tomar un trecho más largo pero más seguro, más alejado de los bandidos y los milicianos que acechan y acosan a los refugiados en su periplo hacia Kenia o Etiopía. Tardó más pero llegó a salvo.


¿Cómo se encuentran de salud?, pregunto. “Estamos bien, gracias a Dios. El viaje ha sido muy largo, las niñas al principio se quejaban mucho, ahora estoy preocupado porque ya apenas quieren hablar, hace tiempo que no ríen, tampoco juegan ni comen”, cuenta el padre. Sin embargo, más que las niñas, la que no cambia el gesto es la esposa.


Después de una pausa larga, en la que ya no esperaba ninguna respuesta más. El hombre me señala casi sin darle importancia unas ronchas de despigmentación que lleva como a salpicones en el brazo, también tiene unas manchas idénticas rosáceas en torno al labio. “Tengo lepra”, me dice. Más bien parece otro tipo de enfermedad de la piel, pero yo no sé valorarlo. “Ahora sólo espero una vida mejor, como refugiado, empezar de cero”. Nos estrechamos la mano y le deseo de corazón mis mejores pensamientos, mis mejores rezos y deseos.


Pero esos mejores deseos, esa nueva vida para Sabeedo, su hija menor, de 4 años, comienzan apenas unos minutos más tarde.


La niña más pequeña de la familia recibe junto a sus padres y  hermanas Obah (5 años), Hailah (6 años) y Arissa (8 años) la pulsera amarilla que les identifica como refugiados, como recién llegados al campo. Aunque aún tengan que esperar un par de semanas a ser registrados oficialmente –una labor titánica para el ACNUR y el Gobierno de Kenia, considerando que cada llegan 1.200 personas y deben tomar huellas, fotografías e incluirlos en una base de datos-, esa alhaja de plástico les permitirá obtener comida para dos semanas, ropa, agua, una tienda donde resguardarse y un reconocimiento médico de urgencia ese mismo día que acaban de llegar desde la frontera.


Es bueno recordar esto, en muchos medios se ha confundido el hecho de que sí, que los refugiados tengan que esperar unas semanas para ser registrados, con el hecho de recibir ayuda y asistencia. La comida, agua y ayuda la reciben inmediatamente.


Sabeedo ajena a todo esto lo único que alcanza a entender es que le acaban de dar una pulsera y que es suya.


Tengo el convencimiento de que ni aunque hubiese sido de oro macizo, la niña se hubiese visto tan feliz con en ese momento.  La escena es cinematográfica, un in crecendo de caras que la niña va poniendo conforme se convence de que sí, de que esa pulsera es para ella. No puedo dejar de sacar fotos y sonreír. Después de un día entero escuchando historias mucho más complejas y duras que las de esta familia, esta secuencia de apenas unos segundos es tremenda. La historia no tiene ni más miga ni más trascendencia que esa sencuencia de felicidad que apenas duró unos segundos.


Pero el padre, Mohamed, también cambió el gesto, aliviado, curioso –aunque aturdido y cansado con la espera-: volvía a ver a sus hijas sonreír. La cara de las cuatro niñas cambió por completo, empezaron a revolotear excitadas y a hacer las monerías típicas que uno espera de los niños. Como si les hubiesen dado de pronto una inyección de energía. Unos pasos más adelante, les entregaban ropas, leche y unas galletas para mantenerse en pie ese día.


Para muchos de los refugiados que llevan 20 años en estos campos de Dadaab, en Kenia, desde que comenzó la guerra civil en Somalia en 1991, esa pulsera es más un grillete que un abalorio. Les ata a una situación –que aunque debería ser temporal, transitoria- no les permite salir de esa cárcel grande.


Para Sabeedo, hoy, es una joya.


Una joya para Sabeedo


Artículo de Daniel Burgui publicado en su propio blog:


http://www.dburgui.com/blog/2011/09/20/una-joya-para-sabeedo/

Comentarios

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Somalia, el país más oriental de África, ocupa un área de 637.540 km². Se sitúa en la punta de una región conocida habitualmente como el Cuerno de África -debido a su parecido en el mapa con un cuerno de rinoceronte- de la que también forman parte Etiopía y Yibuti.

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"Somalia, el país más oriental de África, ocupa un área de 637.540 km². Se sitúa en la punta de una región conocida habitualmente como el Cuerno de África -debido a su parecido en el mapa con un cuerno de rinoceronte- de la que también forman parte Etiopía y Yibuti."