Vamos a resucitar la crónica de guerra

Periodismo

15 de Febrero del 2012

Alberto Arce es periodista. Sí, periodista. Ni jefe de prensa, ni director de comunicación, ni responsable de contenidos. No, nada de eso.

En un momento en el que la profesión y el término no pueden estar más denostados (¿o sí?), en el que el kilo de carne de periodista marca mínimos históricos, insiste en que lo suyo es patear la calle; no está en el oficio de juntar letras “para hacer caja”, está para contar lo que ve: “Me dicen que hay trabajo infantil. Pues voy al lugar, lo compruebo y después me siento con el patrón y le pregunto por qué lo hace”. A continuación el cruce de correos entre Libros.com y el PERIODISTA -sí, con mayúsculas- en el que su próximo libro, Misrata calling (Libros del K.O.), es el pilar maestro que sustenta al texto.


Pregunta.- ¿Qué encontrará el lector el 20 de febrero?


Respuesta.- Cerré los ojos, los volví a abrir y ya lo veía todo en blanco y negro.


Tenía delante estudiantes, trabajadores del metal, panaderos y maestros que luchaban con fusiles de segunda mano y pocas balas, corriendo con zapatos de domingo a lo largo de trincheras que tampoco sabían levantar, decidiendo en asamblea si atacaban por la izquierda o por la derecha y lamentándose por no tener unos prismáticos que echarse a los ojos o discutiendo porque nadie sabía utilizar ese mortero que acaban de quitarle al ejército.


Es un libro escrito desde la primera línea del frente y con el culo pegado a una trinchera. No es periodismo de hotel. En Misrata no había hoteles. Si a todo eso le sumas que  la camiseta con los lemas militantes se me destiñó por el camino, eso es Misrata calling.


P.- ¿Quién da con quién para la edición del libro? ¿Alberto Arce con Libros del K.O. o Libros del K.O. con Alberto Arce?


R.- Emilio Sánchez Mediavilla da conmigo a través de otros periodistas. Me reta, me provoca y me ilusiona. Luego duda y entonces me toca a mí retarle, provocarle e  ilusionarle diciéndole que tengo que publicar algo que mi hija pueda tirarme a la cabeza cuando sea adolescente. Le convenzo. Así que ahora todos metidos en el mismo barco, vamos a cambiar el panorama editorial español, a resucitar un tipo de crónica periodística, la crónica de guerra, y volver a vincularla al papel. No tendría que ser difícil, los periódicos han tirado la toalla y nos dejan el hueco. Estudiantes de periodismo, dejad la prensa y leed las crónicas de Libros del K.O. Si no sale bien, la culpa es sólo nuestra.


P.- ¿Qué te atrajo para publicar con ellos? ¿Hubiera sido mejor trabajar con una editorial más grande?


R.- Todo el mundo sabe que tenerla más grande no implica necesariamente la capacidad de dar más placer. Un pequeñajo ágil puede sorprender mucho más y además, los dinosaurios van a desaparecer, ya lo dijo Charly García.


P.- Durante el conflicto libio, los medios de comunicación nos bombardearon de manera incesante con crónicas, imágenes, informaciones de agencia; nos hicieron cercana, aparentemente, una realidad lejana ¿Nos contaban todo? ¿La información que nos llegaba estaba falta de reposo? ¿Es ese olvidado reposo que el que encontraremos en tu libro?


R.- Desde Misrata, algunas de esas notas de agencia e imágenes compartidas por todos los canales las servíamos Ricardo y yo así que no las voy a criticar, eran cojonudas. Los periódicos están suscritos a un servicio. Si ya han pagado a principios de año por la Agencia, ¿para qué van a pagarle a un freelance sobre el terreno?. Si vivimos en un mundo en el que priman los costes, su lógica es impecable. Pero en 35 segundos de vídeo yo no puedo explicarte cómo se toma la ciudad de Tawarga.


Se necesita tiempo. Minutos y caracteres. Algo que la prensa y la televisión en España no tienen para dedicarle a la cobertura de los conflictos. Alguien ha decidido que no interesa. La cobertura del Caso Marta del Castillo, los dolores musculares de un defensa del Betis o las estupideces de Belén Esteban y su coro de locas y locos que gritan no lo permite. Y la pasta a gastársela en camisetas oficiales del Barça. Allá ellos, se suicidan y nosotros lo disfrutamos desde la distancia.


Si uno compara la cobertura que hacía Le Monde o New York Times de lo que sucedía en Libia con la mayoria de los medios españoles, se echa a llorar. Recuerdo que mientras BBC, Sky News o al Jazeera avanzaban codo a codo con los rebeldes hacia el centro de Trípoli en pleno combate, TVE nos lo contaba desde la ventana de un hotel en Túnez. ¿Ante eso, qué decir?.


Por eso llego a casa, frustrado por no poder contar todo lo que ví y escribo este libro. Para dejar constancia de lo que ví y viví. El periodismo era eso, ¿verdad?. Uno ve 2000 horas, graba 50 con su cámara y muestra 53 minutos en Canal Sur un domingo a la una de la mañana de un fin de semana largo. Es decir, no lo ve ni Dios. Pero yo además de quejarme y denunciarlo, le pongo solución. ¿Cómo? Currando. Había que sentarse y contarlo todo tal y como lo vi. No vale sólo con hacer caja. No soy periodista para hacer caja sino para contar lo que veo. Por eso me paro y escribo un libro para que la bestia de los beneficios, que los obtuvimos, no me engulla y no se lleve conmigo los recuerdos de lo que se vivió allí. En vez de comprarme unas zapatillas caras, invierto ese dinero en dedicarle tiempo al teclado. Sin más.


P.- En tu blog, uno de los lectores te echaba en cara la forma en la que informabas sobre el conflicto libio. Tu respuesta: “¿pero tú que te crees que vas caminando y te encuentras con lo que pides, que lo encargas en menú?”. Cuéntanos, ¿cómo era un día de trabajo en el conflicto libio?


R.- Nos levantábamos a las 6 de la mañana. Salíamos en dirección al frente y allí estábamos hasta las 5 de la tarde. Pegados a la primera línea. Hablando con los combatientes, moviéndonos con ellos, revisando zonas vacías, levantando una trinchera, atacando, o defendiéndose. A veces hasta maldormimos y roncamos con ellos allí. Eso son muchas horas para hablar y para mirar. Para ver y para pensar, para preguntar y repreguntar y para debatir sobre todo lo posible.


Cuando teníamos algo interesante regresábamos a casa a partir de la caída del sol. Muchas veces me quedaba editando y enviando vídeo, audio y texto hasta las 3 o 4 de la mañana. Hubo semanas que dormí 2 horas al día y comí un plato de pasta con tomate al día. La ducha, siempre de agua fría. Y los cigarrillos, con cuidado, que si se te acaban los marlboro hay que fumar una cosa que hace daño a los bronquios de lo que rasca. Mucho tiempo perdido en conseguir leche para poder tomarme mi café con leche, sin el que no puedo vivir.


Nadie dijo que aquello fuera cómodo ni la comida fuera buena ni la cama mullidita. Es como irte de acampada al monte pero más incómodo. Es perseguir conexiones de internet para enviar grandes cantidades de vídeo siempre en función de unos plazos muy estrictos. Es ver la historia en lugar de conformarte con que te la cuenten. En definitiva, estás 45 días currando como un animal sin poder echarte una birra a la garganta, con cuidado de que no te pegen un tiro en la frente o que un mortero no te deje sin piernas, discutiendo todo el día con gente que no tiene porqué entender lo que necesitas hacer y la manera en la que estás pidiendo hacerlo, tratando de conseguir información, de que nadie te engañe, de ser el primero en llegar a un lugar y al mismo tiempo lavándote los calcetines y haciendo cuentas sobre el dinero que te queda.


Luego abres internet y te encuentras con los ‘anti-imperialistas’ que saben más que tú. A partir de la guerra libia se ha conformado una artillería virtual de sillón orejero que mete miedo y da pena, alternativamente y según la estupidez que suelten. Hay gente cuya mayor cercanía a la realidad es un blog o una cuenta de facebook y desde ese lugar se dedica a contarnos a los periodistas que estamos sobre el terreno lo que tenemos que ver y la manera de analizarlo. ¿Porqué no te pasas al otro lado del frente? me decían. Y te dan ganas de reponder, ¿Porqué no vienes tú aquí a que te peguen un tiro, gilipollas?. Recuerdo a una que por twitter y por facebook no paraba de decirme que Misrata había sido reconquistada por el Ejército Libio. Una y otra vez. Y yo estaba en Misrata y no lo veía. Y esa gente luego se llena la boca hablando de información alternativa, mentiras de los medios y agentes de la CIA encubiertos que se visten de periodistas. Alguien me dijo también que yo había enviado un vídeo a Euronews grabado en el desierto de Qatar y no en Misrata.


Luego cuando me hablan de periodistas-activistas y de información alternativa, y dan credenciales y nos llaman vendidos, pues claro, se me cuela un nosequé muy jodido por la espina dorsal. Algo así como miedo de esa gente, como que quiero tenerlos lejos, y dejarles que se sientan revolucionarios y nos llamen periodistas acomodaticios, mercenarios de la OTAN y esas cosas. De todos modos ya lo había vivido antes. Cuando conté algunas cosas sobre Gaza que se salían del manual del buen antisionista, desenfundaron los cuchillos y ahora ya los tenían listos para la puñalada. En el mundo hay bandos. Siempre hay dos bandos. El del oprimido y el del opresor. Nunca lo negaré. Pero cuanto más caminas el mundo, descubres que todo tiene tantos matices que a veces se confunden los bandos, la realidad te sorprende y la estupidez humana los cruza siempre transversalmente. Yo me hice periodista para currar, para viajar y para ver las cosas por mí mismo, no para asistir asambleas de gente que está en contra de todo como actitud vital ni para que me aplaudan grupitos de gente que no tiene nada mejor que hacer que elegir una causa y dedicarle sus tristes tardes de martes a lanzar propaganda barata sobre ella.


P.- Es difícil, pero podrías describirnos dos situaciones vividas durante tu presencia en el conflicto libio: la más deleznable y la más peligrosa.


R.- La más peligrosa es salir corriendo campo a través con un grupo de rebeldes que no tienen ni idea de dónde está el enemigo y darte cuenta de que delante de ti hay una ametralladora antiaérea lanzando ráfagas. A ciegas pero hacia tí. Ráfagas que si te dan, te parten en dos. Entonces te tiras al suelo, sientes los disparos por encima de la cabeza y sabes que tienes que levantarte y echar a correr. Que vas a tardar un minuto y medio en ponerte a cubierto y que en ese minuto y medio estás vendido. Puede no pasarte nada o puedes morir. Es para cagarse en todo. Eso sí, los planos que grabas son geniales.


Lo más triste es ver, como vimos varias veces, a soldados del ejército de Gadafi que estaban totalmente rodeados y en vez de rendirse, decidían luchar hasta la última bala matando de manera gratuita a rebeldes que no tenían porqué haber muerto y muriendo de manera gratuita porque si se hubieran rendido, hoy estarían vivos. Ver agonizar durate 10 minutos a un mercenario africano de 18 años que podía haberse salvado es triste. Pero tratas de ponerte en su lugar. Ellos pensaban que los que les pedían que se rindieran desde fuera de aquella casa eran terroristas de AlQaeda y no estudiantes de derecho o panaderos que se habrían limitado a llevarles a la cárcel.


P.- Libros del K.O. publicará Misrata calling. Se trata de una editorial pequeña que edita, explican sus tres fundadores, “crónica periodística, narrativa de toma pan y moja”. ¿Lanzamos el aviso a los compañeros de que el buen periodismo dentro de poco (o desde ya) ha cambiado de lugar y está en los libros?


R.- La tabla de salvación para este tipo de periodismo pasa, como siempre, por muchas plataformas al mismo tiempo: la editorial libros del K.O. es una de ellas, Internet y la capacidad de escribir crónicas pausadas y detalladas como las que hacen la Sala Negra de elfaro.net o Plazapublica.com.gt en Centroamérica o como hacen FronteraD en España y Orsai, por supuesto, Orsai para el público castellano. Orsai y FronteraD son nuestros New Yorkers latinos. Pero es siempre periodismo que depende del dinero. Como todo. De su éxito comercial, de que la gente pague por él, en forma de suscripciones o en forma de apoyos institucionales de Fundaciones que lo entiendan como un servicio público.


Esto se hace por vocación. En el periodismo no nos podemos hacer ricos. Nadie se puede hacer rico. Y quien quiera que se haga buen periodismo tiene que entender que no es gratis. Pero la tabla de salvación existe y se está perfeccionando cada vez más, el periodismo está más vivo que nunca y hay grandísimos periodistas, que nadie lo dude. Simplemente, están fuera de la prensa diaria en un montón de lugares diferentes y mucho más interesantes. Libros del K.O. cubre un espacio que en España no existía. Si quereís que sobreviva, hay que comprar sus libros. No hay más vuelta de hoja. Las grandes editoriales publican libros estrictamente comerciales y muchas de las pequeñas lo hacen sólo si les llevas y el libro y la subvención. Hay que romper ese ciclo. hay que creer en el mercado, pero en un mercado coherente y a ser posible, un poco más inteligente y comprometido con la calidad y la diversidad.


P.- Dices en Twitter que se podrá encontrar a partir del 20 de febrero en librerías “de las buenas”. ¿Qué pasa con el resto, no lo son? ¿Se editan demasiados títulos que más vale que quedaran en el cajón?


R.- Yo me subo en un avión y veo que mucha gente lee manuales de autoayuda, guías para el éxito empresarial o el best seller del momento con el que la televisión, los periódicos y el gris de “dónde vas Vicente, donde va la gente” nos bombardean. Deben ser buenísmos “La Catedral del Mar” o “Los hombres que no amaban a las mujeres” porque en el tren, el autobús y el aeropuerto son los que lee todo el mundo. Porque entro en una librería y hay cientos de ejemplares, montañas del mismo libro, junto a la puerta, con carteles, camisetas, flores y regalos. Pero si quiero comprar el último de Plácid García Planas, corresponsal de La Vanguardia, una joya, voy listo. No lo voy a encontrar. Gran parte de la sociedad ni siquiera sabe que existe. Vivimos en una sociedad sin criterio. Ellos, los triunfadores, sabrán lo que hacen para forrarse y las consecuencias que tiene.


La oferta literaria es buena, pero la calidad hay que encontrarla en las librerías buenas, las de toda la vida, buceando durante horas en sus estanterías. Hay que salir a buscarla de manera proactiva y no limitarte a que te bombardeen las empresas con su mercadotecnia. Estoy de marketing y publicidad hasta el gorro. Si el Carcaño ese del caso Marta de Castillo le dicta cuatro pelotudeces a un periodista que se las redacte venderá más que todo lo que hagamos los que escribimos crónica periodística de verdad. Y eso da pena.


Nosotros a lo nuestro, el periodismo y ellos a lo suyo, la cuenta corriente.


P. ¿Quedan medios -de los de siempre, de los grandes- que apuesten aún por este tipo de trabajos en profundidad? ¿Les interesa el periodismo o solo un absurdo baile de cifras?


R.- Yo creo que si me hubiese encontrado a un rebelde libio haciendo un playback de Manolo Escobar habría triunfado más como periodista que viviendo en una trinchera y moviéndome con los rebeldes mientras atacaban al ejército. Hace poco publiqué un reportaje en un dominical peninsular, en portada y todo, 7 páginas, ahí es nada. Nadie desde la publicación me respondió nunca a un email sobre el título, la edición o el número de caracteres. Ni un acuse de recibo, vamos. Otro, progre y solidario, decide que no todos los que publican en su medio son dignos de cobrar por los reportajes publicados y primero lo publica y luego trata de mertete el pufo, otro te dice que esa foto no es buena y luego la foto da la vuelta al mundo y es portada de 5 periódicos internacionales, eso son editores o otro te dice directamente que adelante, gratis y para la web. Unos cracks. Algunos podrían vender churros en Lavapiés y le harían menos daño a la sociedad.


El comienzo de ‘Misrata calling’, en su blog


Y ayer, leyendo lo que escribió Max Aubsobre la guerra civil española, me encontré con la cita que abrirá el libro que estoy escribiendo sobre Misrata.


“os emborracháis todos con lo eterno, lo inmenso, el infinito y sus estrellas, inventáis filiaciones hontanar de las cosas materiales, complicadas genealogías en las cuales os enredáis y que luego, para no complicar, aceptáis de golpe, dispuestos a dejaros degollar por mantenerlas firmes; todo eso es poesía, tabúes. Y así vive el idealismo, del miedo de herir sueños”. ‘Campo de sangre’, M. Aub 


P.- En una entrevista en Noticias de Navarra declarabas: “Me juego la vida por que mis imágenes sirvan para algo” ¿Merece la pena seguir jugándose el tipo?


R.- No. Si uno piensa en perspectiva macro, ni de coña merece la pena jugarse el tipo por nada. Yo he dejado de creer en el periodismo que cambia cosas. Menos aún el los medios como contrapeso del poder. Si a los jefes le importa una mierda la información, no tiene sentido que nos juguemos la vida por generarla. Porque todos esos que ahora no te hacen ni caso, como tengas mala suerte y te peguen un tiro en medio de la frente, serán los primeros en instaurar un premio con tu nombre con el que cobrar una subvención y repartirse favorcetes entre los amigos. Ahí se queden todos. Envías una foto, no te la compran, la pasas por agencia y la ponen en portada pagando tres veces menos. Eso son los medios.


Pero si uno lo piensa desde lo individual, claro que merece la pena. Al menos siempre podré esgrimir que yo hice lo que estuve en mi mano y traté de no participar del sistema, de no ser como ellos. Con todas las contradicciones posibles y dispuesto a recibir tartazos por incoherente a veces. Cuando grababa cómo el fósforo blanco israelí quemaba el almacén de alimentos de las Naciones Unidas en Gaza pensaba que había conseguido algo, que periodísticamente tenía unas imágenes y un testimonio que en mi lógica ilusa de aquel tiempo habrían servido para exigir responsabilidades por esa violación de las Convenciones de Ginebra. Pero no. La entradilla del corresponsal a 25 kilómetros contaba más según Televisión Española, por ejemplo. Así es.


Esperanzas, las mínimas e ideales para salir a beber Fernet con los amigos y comentarlos con ellos. El periodismo sin una sociedad civil que lo integre en sus actuaciones colectivas es un lujo cultural y yo no me voy a dar más cabezazos contra la pared.


P.- Ahora estás trabajando en Guatemala, ¿cómo describirías el tipo de periodismo que hacéis en Plaza Pública?


R.- Me dicen que en un pueblo hay linchamientos. Pues llego al pueblo y busco a linchadores y a linchados y les pregunto si hay linchamientos. Me dicen que hay trabajo infantil. Pues voy al lugar, lo compruebo y después me siento con el patrón y le pregunto por qué lo hace. Y todo eso sin prisas, en textos de más de 10 páginas con todos los matices posibles y sin caer en el maniqueísmo de quien es el bueno y quien es el malo porque Guatemala es el país más complejo que he conocido en mi vida y aquí la lógica patrón malo-sindicato de campesinos ex guerrilleros buenos no funciona. Es así, pero no sólo es así. Con eso creo que me explico. Plaza Pública trata de meterse dentro del bestiario del poder. Entendiendo que hay muchos poderes, que el poder es un animal que cambia de forma y maneras de atacar y que el poder, siempre y sin excusas, debe ser controlado por la prensa. Plaza Pública responde a un modelo periodístico que en España simplemente no existe. Es periodismo de profundidad hecho con principios, con cariño y con respeto.


[youtube http://www.youtube.com/watch?v=gpWOIrBycZk]


 


Entrevista de Libros.com a Alberto Arce con motivo del lanzamiento de su libro Misrata calling:


http://libros.com/blog/alberto-arce-libro-misrata-calling.html

Comentarios

Luz para el apagón informativo sobre Siria

Actualmente con 30 reporteros secuestrados o desaparecidos y 52 muertos desde el año 2011, números sin tener en cuenta a periodistas ciudadanos, parece ser que no quedan reporteros independientes sobre el terreno en Siria. Este puede resultar un buen momento para documentarse y recopilar muchas y buenas informaciones que se han ido publicando sobre el conflicto.

Cada día en Libia significaba poner en juego tu vida

Cuando el diario nonato La Voz de la Calle despidió a su plantilla, Alberto Arce (Gijón, 1976) se aferró a la indemnización y con ella partió rumbo a Libia. Recibió el dinero un miércoles y el viernes a las 08.00 horas ya cogía un avión en Madrid con destino Malta, desde donde embarcaría hacia Misrata.

Bahmani, víctima de guerra

Era un combate durísimo. Estaba detrás de un soldado americano y cuando se arrodilló para apuntar, hice lo mismo para tomar un plano. Entonces cayó la bomba y perdí el conocimiento. Me desperté en el hospital y ya no tenía visión en el ojo izquierdo. Aunque con el derecho veía muy borroso decidí coger la cámara e intenté seguir trabajando. Imposible. 21 días después tuve que regresar a Teherán y ya no veía casi nada.

Unai Aranzadi, “incómodo” periodista de guerra y utopías

Gaza, Somalia, Chechenia, Irak, Afganistán Unai Aranzadi (Getxo, 1975) trabaja en lugares de los que la mayoría lucha por huir. Unai busca a las víctimas y a sus verdugos y nos hace mirar al abismo de la guerra y la locura humana a través de su trabajo. New York Times, BBC o CNN son algunos de los medios de los que se ha servido para acercarnos visiones de las que muchos prefieren apartar la vista. Como ya sabemos que la guerra es una mierda, le hemos pedido a Unai que nos hable desde las tripas de una profesión, la de periodista de guerra, erigida en faro de la verdad pero que, a menudo, proyecta más sombras que luces.

Un día normal

En esta vida, para todo, hay una primera vez. El primer beso. La primera caricia. El primer artículo publicado. El primer viaje Para aquellos que viajamos a zonas de conflicto hay una primera vez que nunca queremos que llegue. La tememos porque no sabemos sí seremos capaces de soportarla Al menos ese ha sido mi caso.

Pagar por ir a la guerra

Mi historia es la de muchos alumnos que finalizan la carrera de periodismo en España y sueñan con poder conseguir el trabajo de sus sueños. Todos, cuando salimos de la facultad, hacemos planes de futuro sobre el periódico, la televisión o la radio en la que trabajaremos. En la envidia que daremos a nuestros amigos cada vez que nuestro nombre aparezca firmando una noticia o lo orgullosos que se sentirán nuestros padres de su hijo periodista... Pero esos planes, esas ilusiones, esos sueños se desvanecen.

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